LIDER (Laborario de Impulso a los Derechos Humanos

HABLANDO SE ENTIENDE LA GENTE
DR. JOSÉ FÉLIX ROJO CANDELAS
SNTSA 37
16 febrero 2026

“La lengua materna es, para cada uno de nosotros, un tesoro. En ella pronunciamos las primeras palabras y con ella expresamos más cabalmente nuestro pensamiento. Gracias a ella aprendemos a respetarnos a nosotros mismos, a nuestra historia y nuestra cultura, y sobre todo a respetar a los demás y la diferencia que ellos encarnan.” Koichiro Matsuura

Hace algunos años, en una comunidad de la sierra de Xichú, una compañera enfermera, a quien llamaremos Lupita, recibió a una mujer joven con un bebé en brazos. El pequeño tenía fiebre muy alta y llevaba dos días sin querer comer. La madre, una mujer chichimeca jonaz, apenas si podía explicarse en español, y sus palabras se enredaban con el miedo. Lupita, apurada por llenar el expediente y pasar a la siguiente consulta, le recetó un antipirético y le entregó unas indicaciones escritas en español que la madre recibió con los ojos vidriosos, asintiendo, aunque sin entender.

Dos días después, el bebé regresó (esta vez en brazos del padre), deshidratado y con convulsiones…

¿Qué pasó? Pues que la madre no había entendido cómo debía aplicar el tratamiento, ni cuáles eran las señales de alarma para volver a la clínica. En su comunidad, cuando un niño tiene fiebre, se le envuelve en cobijas para que sude y “saque el calor”. Ella hizo eso, creyendo que ayudaba. La indicación médica, escrita en español (una lengua que no era la suya) resultó ser un papel sin alma.

Lupita después se lamentaba diciendo: “Casi mato a un niño por no saber escuchar más allá de las palabras”; dijo con lágrimas. Entonces comprendió que su labor no se limita a entregar recetas: hay que ver por la dignidad de quienes atendemos, y esa dignidad empieza por respetar la lengua en la que se expresan, en la que piensan, en la que sueñan, en la que rezan, en la que piden ayuda.

¿Qué hizo después Lupita? Con apoyo de algunos compañeros originarios de la zona, empezó un taller sencillo, no para aprender chichimeca jonaz a la perfección, sino para entender su mundo. Ahí aprendió también que para ellos la salud no es solo ausencia de enfermedad, es equilibrio con la tierra, con la familia, con los ancestros. Aprendió que hay palabras que no tienen traducción directa al español, pero que definen maneras de entender el cuerpo y el alma. Y, sobre todo, aprendió a pedir permiso para entrar a sus hogares con la humildad de quien reconoce que el otro también tiene saberes valiosos.

Como don Jesús, un compañero administrativo en una clínica en San Luis de la Paz, que empezó a llevar un cuaderno donde anotaba palabras en chichimeca que escuchaba en las salas de espera. Las repetía en voz baja, como un niño que aprende una canción nueva. Un día, una adulta mayor se acercó a la ventanilla y, al oírlo balbucear un saludo en su lengua, una gran sonrisa le iluminó el rostro y le brillaron los ojos. “¡Mira, mi hijo, él habla como nosotros!”, le dijo a su nieto. Esa señora, que antes evitaba ir al centro de salud porque se sentía juzgada, ahora se sabe realmente atendida. Eso, indudablemente, también es curación.

Por eso, el 21 de febrero, cuando el mundo conmemora el Día Internacional de la Lengua Materna, las personas trabajadoras de la salud, quienes tenemos como quehacer diario el cuidado, estamos especialmente llamadas a mirar más hondo, a entender que esta efeméride es una exigencia directa de nuestra misión más sagrada: la defensa de la vida y la dignidad humana.

Y es que la Ley General de Derechos Lingüísticos de los Pueblos Indígenas es clara: toda persona tiene derecho a expresarse en su lengua materna y a recibir información pública -incluyendo la relativa a los servicios de salud- en la lengua que comprenda. Esto no es por hacerles un favor, ni por una concesión paternalista; es un derecho humano, reconocido por la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y por tratados internacionales. Así mismo, el artículo 2 de nuestra Carta Magna reconoce la composición pluricultural de la Nación, y el Convenio 169 de la OIT protege el derecho de los pueblos indígenas a la salud, siempre tomando en consideración sus prácticas culturales y lingüísticas.

Por ejemplo, no todas las lenguas tienen una palabra para “humanidad” o “solidaridad” como conceptos separados. Y eso no es una carencia, sino una enseñanza. En muchas culturas originarias, la humanidad no es algo que se tenga, sino algo que se es en relación con los demás. El purépecha se llama a sí mismo purépecha, que es también la palabra para “persona”. El otomí es hñäñho, que es la palabra para “el que habla nuestra lengua”. La identidad, la lengua y la humanidad son una sola cosa.

En chichimeca jonaz, el “amor” no es un concepto abstracto, sino algo que se vive y se expresa en acciones concretas, como el cuidado de las plantas, la crianza de los hijos o la forma de nombrar el mundo. En náhuatl, la palabra para amor es Tlazohtla. Que en totonaco se dice Tapaxkit. En otomí, Hmäte, mientras que en purépecha es Uekperakua.

“Salud” se dice Chicahualiz en náhuatl; Akgsanán en totonaco; Nzaki en otomí (en el que también se relaciona con “vida” o “alegría”); y en purépecha es Ambakerantani.

En realidad, las palabras no son objetos inanimados, son los puentes entre nuestra vocación y la experiencia de quien sufre. Conocer esas palabras es adentrarnos en mundos que apenas empezamos a comprender. Y aunque estas traducciones son un esfuerzo por acercarnos, el verdadero puente se tiende cuando nos sentamos frente a una persona y, con humildad, le preguntamos: “¿Cómo se dice esto en tu lengua? Enséñame”. Ese acto de aprendizaje compartido es ya, en sí mismo, un acto de cuidado.

En ese sentido, el cuidado en las lenguas maternas de México tiene una dimensión que va más allá de lo clínico. En totonaco, Ntsuni significa “cuidarse”, pero también a su milpa, a sus animales, a sus vecinos. Cuidar, para nuestros pueblos originarios, es un acto que nos conecta y nos hermana con todo lo que nos rodea. Entonces, ¿qué pasaría si pudiéramos incorporar esa mirada en nuestros protocolos?

Que no estaríamos solo tratando enfermedades; estaríamos tejiendo comunidad.

Así, si un día alguien llega a la unidad médica hablando una lengua que no entendemos, tenemos dos opciones: verlo como un problema que retrasa la consulta, o verlo como una oportunidad maravillosa para ensanchar el corazón… pues nuestro trabajo debe ser, ante todo, un espacio para la ternura. Y al recordar esta conmemoración, debemos considerar especialmente a quienes no hablan nuestra lengua y, por eso mismo, son más vulnerables.

Y es que cuando un hablante de lengua indígena no puede expresarse en su idioma materno ante un médico, no solo está en riesgo su salud, sino también su identidad, su historia, su pertenencia. Exigirle que se comunique en español es como si le dijéramos: “Tú no importas completo, importa solo la parte que yo entiendo”. Tristemente, quizá podríamos estar haciendo eso sin darnos cuenta.

Por tanto, en este Día Internacional de la Lengua Materna, propongámonos un reto pequeño, pero enorme: la próxima vez que atiendas a alguien que hable una lengua distinta, no te limites a lo estrictamente necesario. Pregúntale cómo se dice “gracias” en su idioma, o “todo va a estar bien”. Escucha cómo suena. Repítelo. Míralo sonreír. Esa, ciertamente, es la mejor medicina.

Pues no se trata solo de llenar expedientes clínicos, no es solo manejar estadísticas, ni siquiera se trata solo de eficientar la atención. Está en juego la posibilidad de encontrarnos verdaderamente con el otro, de reconocernos en su dolor y en su esperanza. Y si hay un lugar en el mundo donde eso puede y debe ocurrir, ese lugar es nuestro sistema de salud.

Para ello necesitamos mirarnos a los ojos, tanto entre compañeros y con nuestros pacientes, y recordar que la salud es, ante todo, un acto de amor. Y el amor se siente en todas las lenguas.

Eso es ser, hoy y siempre, más humanos que nunca. Paz y bien.