NUNCA OTRA VEZ
DR. JOSÉ FÉLIX ROJO CANDELAS
SNTSA 37
8 enero 2026

“Para el sobreviviente que elige testificar, es claro: su deber es dar testimonio por los muertos y por los vivos. No tiene derecho a privar a las generaciones futuras de un pasado que pertenece a nuestra memoria colectiva. Olvidar sería no sólo peligroso sino ofensivo; olvidar a los muertos sería como matarlos por segunda vez”.
Elie Wiesel
El 27 de enero no es una fecha cualquiera en el calendario de la humanidad. Es un día que nos invita a hacer una pausa y a mirar de frente una de las heridas más profundas de nuestra historia común: el Holocausto. Ese día, en 1945, fue liberado el campo de concentración y exterminio de Auschwitz-Birkenau, símbolo del horror más tremendo al que puede llegar el ser humano cuando el odio, la indiferencia y la deshumanización se convierten en política de Estado.
Hablar hoy del Holocausto no es un ejercicio lejano ni una fría lección en los libros de historia. Es, ante todo, un acto ético. Porque el Holocausto no comenzó en las cámaras de gas ni en los hornos crematorios; sino que empezó mucho antes, con palabras que hirieron, con prejuicios normalizados, con leyes injustas, con silencios cómplices y con la lenta y creciente negación de la dignidad humana. Y esas acciones -dolorosamente- no pertenecen solo al pasado. Como advirtió Simón Wiesenthal: “Para que el mal florezca, solo se requiere que los hombres buenos no hagan nada”.
El Holocausto fue un proyecto planeado, sistemático y meticulosamente organizado por el régimen nazi y sus colaboradores para exterminar a la población judía de Europa. Seis millones de judíos -hombres y mujeres, niñas y niños, jóvenes y personas adultas mayores- fueron asesinados por el solo hecho de existir. A ellos se suman millones de otras víctimas: personas con discapacidad, población romaní, opositores políticos, homosexuales, prisioneros de guerra y todos aquellos considerados “indeseables” por sus agresores. El terrorífico campo de Auschwitz-Birkenau, donde más de un millón de personas fueron asesinadas, se convirtió en el rostro visible de una maquinaria de muerte que negó descaradamente toda noción de humanidad.
Hoy, ochenta y un años después de la liberación de Auschwitz, el verdadero desafío no es solo recordar lo que ocurrió, sino atrevernos a preguntarnos con honestidad: ¿qué hemos aprendido nosotros? ¿Y qué estamos haciendo, desde nuestros espacios cotidianos, para que algo así no vuelva a repetirse?

Cuando nació la Organización de las Naciones Unidas, lo hizo como respuesta directa a los horrores de la Segunda Guerra Mundial y del Holocausto. De esa experiencia surgieron pilares fundamentales de la civilización contemporánea, como la Declaración Universal de los Derechos Humanos, adoptada en 1948, que nos recuerda un mensaje esencial: la memoria no es solo conmemoración, es prevención. Recordar es una forma de proteger la vida.
Por ello, el 27 de enero fue designado como el Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto. Pero no para quedarnos anclados en el dolor, sino para mantener viva una gravísima advertencia: cuando el odio se normaliza, cuando la discriminación se tolera y cuando la injusticia se minimiza, el terreno para la barbarie queda claramente abonado.
Y este mensaje adquiere una resonancia especial para quienes trabajamos en el área de la salud, puesto que nuestra labor cotidiana está profundamente ligada al cuidado de la vida, al alivio del sufrimiento y al acompañamiento de la vulnerabilidad humana. El Holocausto nos recuerda, con crudeza, que incluso esta noble vocación puede ser pervertida: la ciencia, la medicina y la burocracia fueron utilizadas para clasificar, para excluir y para destruir. Hubo médicos que dejaron de ver a sus pacientes como personas y comenzaron a verles como objetos; funcionarios que dejaron de ver seres humanos y comenzaron a ver solo números. Y así, tristemente nos damos cuenta de que, cuando la dignidad se pierde de vista, incluso el conocimiento puede convertirse en instrumento de muerte.
Hoy observamos con gran preocupación un mundo en el que resurgen con fuerza los discursos de odio, el antisemitismo, el racismo, la xenofobia y el desprecio por lo diferente. A veces se manifiestan de forma abierta; otras -igualmente grave- de manera sutil, disfrazados de bromas o comentarios “inofensivos”. Por eso es que recordar el Holocausto nos confronta con una verdad incómoda pero necesaria: la indiferencia también mata. No basta con no odiar; es imprescindible actuar frente a la injusticia.
Las personas trabajadoras del Instituto de Salud Pública del Estado de Guanajuato somos guardianes cotidianos de la dignidad humana. Cada consulta, cada trámite, cada decisión administrativa o clínica es una hermosa oportunidad para afirmar que toda vida vale, sin importar su origen, condición social, creencias, discapacidad o identidad. Ese compromiso es coherente con las lecciones que nos dejó el Holocausto y con los principios más profundos de los derechos humanos.

La memoria adquiere hoy un sentido aún más urgente porque estamos entrando en el ocaso de la “era de los testigos”. Las personas sobrevivientes del Holocausto están desapareciendo, y con ellos la posibilidad de escuchar de viva voz el testimonio del horror y de la resiliencia humana. Esto nos impone una responsabilidad ética ineludible: ser portadores de la memoria, educar a las nuevas generaciones y transformar el recuerdo en acciones conscientes.
Conmemorar este día no debe reducirse a un acto simbólico o protocolario. Debe ser una oportunidad para la autocrítica, para la empatía y para el compromiso. Preguntarnos cómo tratamos al otro, cómo reaccionamos ante la injusticia y cómo usamos el poder -por pequeño que parezca- que se nos ha confiado. Porque el “Nunca otra vez” no es una frase del pasado; es una tarea diaria.
El 27 de enero nos invita a honrar a las víctimas del Holocausto no solo con palabras, sino con acciones: defendiendo los derechos humanos, promoviendo la inclusión, rechazando toda forma de discriminación y fortaleciendo una cultura institucional basada en el respeto y en la dignidad. En el ISAPEG esto significa humanizar el trato, escuchar con sensibilidad y actuar con ética, incluso en medio de la presión y el cansancio. En palabras de Víktor Frankl: “…al hombre se le puede arrebatar todo, salvo una cosa: la última de las libertades humanas, la de elegir su actitud ante cualquier circunstancia, elegir su propio camino”.
Recordar el Holocausto es, en el fondo, un acto de amor por la humanidad. Es reconocer hasta dónde puede caer el ser humano, pero también hasta dónde puede levantarse cuando decide aprender, sanar y no repetir. Que este 27 de enero nos encuentre conscientes, comprometidos y firmes en nuestra decisión de cuidar la vida.
Porque recordar no es mirar atrás con culpa, sino mirar el presente con responsabilidad. Y porque mientras la memoria siga viva, la dignidad humana tendrá siempre una oportunidad de prevalecer. Como escribió Ana Frank: “A pesar de todo, creo que la gente es realmente buena de corazón”.
Eso es ser, hoy y siempre, más humanos que nunca.
Paz y bien.