LIDERH (Laborario de Impulso a los Derechos Humanos

TRABAJO QUE CURA
DR. JOSÉ FÉLIX ROJO CANDELAS
SNTSA 37
11 MAYO 2026

A quienes cada día eligen servir,

aunque a veces nadie les aplauda.

Hace algunos años, en una pequeña comunidad del estado de Guanajuato, una mujer adulta mayor cayó gravemente enferma en medio de la noche. Su familia la llevó a la unidad de salud más cercana. Allí, una enfermera de unos cincuenta años, con ojos cansados, pero manos firmes, los recibió de forma muy profesional y, lo más importante, profundamente humana: sin perder la calma, sin mirar el reloj, sin calcular horas extra. Atendió a la mujer como si fuera su propia hermana. Cuando la familia le dio las gracias, ella respondió: “No me agradezcan. Este es mi trabajo, y lo hago con mucho gusto”.

Esa sencilla frase resume las ideas que quisiera hoy compartir con ustedes: hay trabajos que funcionan simplemente como medios de subsistencia, pero también hay trabajos que son verdaderos ejemplos de vocación de vida. Y yo tengo la enorme fortuna de conocer muchísimas trabajadoras y trabajadores de la salud en Guanajuato que pertenecen a la segunda categoría. Y por eso, hoy hablaremos del derecho al trabajo, pero no desde los códigos o las leyes, sino desde la dignidad que late en cada una de las personas que laboran en ISAPEG, desde la ética que guía sus manos y desde el carácter que forjan en el silencio de cada jornada.

Para empezar: el trabajo es un derecho humano innegable.

Cuando hablamos de derechos humanos, a menudo pensamos en bellísimos discursos o en esos documentos solemnes o en los brillantes tribunales internacionales. Pero así es como se ve a ras de tierra: el derecho al trabajo significa que nadie debería temer por el pan de sus hijos al final del mes. Significa que ninguna persona trabajadora de la salud debería tener que elegir entre comprar medicamentos para su familia o pagar el transporte para llegar a su turno.

A pesar de lo que muchos quieren hacernos creer, debemos tener presente algo esencial: el trabajo no es una mercancía. No es un simple insumo en el engranaje del sistema económico. El trabajo es la expresión concreta de la dignidad humana. Quien trabaja no solo produce bienes o servicios; quien trabaja produce su propia humanidad, construye su identidad y asegura su participación en la vida social.

En la Secretaría de Salud de Guanajuato, vivimos esto cada día con una particularidad dramática: nuestro trabajo no solo nos da de comer, sino que literalmente salva vidas. La señora que barre los pasillos del hospital, el técnico que limpia el quirófano, el médico que atiende la madrugada del 24 de diciembre, el administrativo que asegura que lleguen los insumos necesarios… todos y cada uno de ellos son preciosos eslabones de una cadena de pura dignidad.

Pero el derecho humano al trabajo también implica condiciones dignas para las personas trabajadoras. Y aquí debemos reconocerlo con honestidad y cariño: sabemos que no siempre es así. Jornadas extenuantes, presupuestos recortados, falta de personal, riesgo constante de infecciones o violencia laboral… estas no son cosas del oficio. Son violaciones silenciosas a la dignidad que merecen ser nombradas y -sobre todo- transformadas.

El trabajo a la luz de la doctrina cristiana

Para muchos de nosotros la fe es una compañera silenciosa en la jornada laboral. La doctrina cristiana ofrece una mirada que hoy necesitamos recuperar: el trabajo no es un castigo, sino al contrario: es una participación en la creación de Dios.

Recuerdo a un camillero ya jubilado de León. Él solía decir: “Cuando empujo una camilla hacia cirugía, no solo muevo un cuerpo. Muevo a un hijo de Dios. Y si lo empujo con cuidado, con respeto, con una palabra oportuna para quitarle el miedo, estoy haciendo lo mismo que Dios hace conmigo cada día: sostenerme con ternura”.

Este señor entendía algo profundo: Las encíclicas papales, desde la Rerum Novarum del año 1891, hasta la Laudato Si’, de 2015, nos enseñan que el trabajo tiene dos dimensiones. Una objetiva: el producto, el servicio, la curación, el expediente cerrado. Pero otra subjetiva: el trabajador mismo, su desarrollo, su crecimiento, su santidad posible.

Desde esta perspectiva, el derecho al trabajo no es solo el derecho a un empleo. Es el derecho a un trabajo que no nos deshumanice, que no nos reduzca a una cosa, que no nos esclavice al rendimiento. Es el derecho a trabajar como quien reza: con toda el alma.

Y aquí debemos resaltar algo maravilloso que sucede dentro de SNTSA 37. Nuestra lucha sindical no es solo una cuestión de tabuladores o cláusulas. Es, desde esta mirada cristiana, una obra de justicia social. Porque cuando se defienden condiciones justas, cuando se exige respeto, cuando se protege a los más vulnerables dentro del sistema de salud, se está participando verdaderamente en esa larga tradición profética que reclama: “No oprimirás al jornalero pobre y necesitado” (Deuteronomio 24:14).

Eso sí, con la misma honestidad, la doctrina cristiana también nos llama a examinar nuestras propias prácticas. ¿Actuamos con justicia dentro de nuestras propias filas? ¿Hay compañeros a quienes excluimos o menospreciamos? ¿El trabajo es realmente un espacio de fraternidad o a veces se convierte en otra estructura de poder? La fe nos invita a una conversión constante, también en nuestra vida laboral y gremial.

El carácter que se forja en el servicio

Curiosamente, hay algo que casi nadie menciona cuando discute el derecho al trabajo: el Carácter.

Y es que el trabajo es, quizá, el principal taller de formación moral para un adulto. Cada día, en cada decisión mínima, las personas trabajadoras están construyendo ¡o destruyendo! su propio carácter.

Permítanme compartirles la historia de una enfermera de San Miguel de Allende. Hace unos años, en medio del desabasto de medicamentos pediátricos, ella enfrentó una situación límite. Una madre desesperada le ofreció un soborno -pequeño, pero significativo- para “apartar” un medicamento que escaseaba. Ella pudo haberlo tomado; nadie lo habría sabido. Pero devolvió el dinero y dijo: “Si tomo esto, dejo de ser quien digo que soy. Prefiero perder el dinero que perder mi dignidad”.

Esa noche, la enfermera no solo salvó su integridad. Salvó la confianza de toda una comunidad en el sistema de salud. Eso es el Carácter: la capacidad de hacer lo correcto cuando nadie te vigila, cuando el sistema te empuja a lo contrario, cuando la necesidad apremia.

Y aquí va una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿estamos formando ese carácter en nuestros espacios laborales? ¿O estamos normalizando los pequeños sobornos, los favoritismos, las indiferencias, los maltratos a pacientes o a compañeros? Porque cada pequeña decisión ética es un enorme ladrillo en la construcción de nuestra identidad profesional y humana.

El derecho al trabajo, desde esta óptica, no es solo el derecho a tener un puesto. Es el derecho a tener un trabajo que nos permita ser mejores personas, no peores. Y eso depende tanto de las condiciones externas como de nuestras propias elecciones internas.

Un caso ejemplar: la fuerza silenciosa

Antes de cerrar, quiero contarles una última historia. Hace algunos años, en un hospital ocurrió un incendio menor en el área de almacén. No hubo heridos de gravedad, pero el siniestro puso a prueba algo más que los protocolos de seguridad.

Una trabajadora social, que estaba a punto de jubilarse, se negó a salir del edificio hasta asegurarse de que todos los pacientes estuvieran a salvo. Sus compañeros le gritaban que se fuera, que ya estaba llegando el personal de Protección Civil. Ella respondió: “Estos señores y señoras son mi responsabilidad desde hace diez años. No los voy a dejar ahora”.

Esa noche, el Hospital reconoció su acto en una pequeña ceremonia. No salió en los periódicos. No fue noticia nacional. Pero para quienes lo presenciaron, fue una cátedra de lo que significa el derecho al trabajo cuando está habitado por un carácter íntegro y una fe vivida.

El trabajo como lugar de encuentro

Hemos recorrido tres miradas sobre el derecho al trabajo: los derechos humanos, la doctrina cristiana y la educación del carácter. Las tres nos han dicho algo similar, aunque con acentos distintos.

Los derechos humanos nos recuerdan que merecemos condiciones dignas; no por caridad, sino por justicia. Eso significa: salarios justos, jornadas razonables, respeto a la organización sindical, seguridad en el trabajo, protección ante el abuso de poder. Y cuando esas condiciones faltan, tenemos derecho -y también deber- de exigirlas. Ese es un piso mínimo de humanidad.

La doctrina cristiana nos lleva más al fondo. Nos dice que el trabajo no es solo un derecho; es una vocación, un llamado de Dios. Es el lugar donde podemos parecernos un poco más a ese Creador que sigue sosteniendo el mundo. Por eso, cuando trabajamos con amor, con cuidado, con sentido de servicio, no solo estamos ganándonos la vida. Estamos dándole sentido a nuestra vida. Y desde esta mirada, el Sindicato mismo puede ser un sacramento de justicia fraterna.

Finalmente, la educación del carácter nos confronta con nuestra propia libertad. Podemos tener todas las leyes del mundo, pero si no hay personas con integridad, nada cambiará. Cada camillero, cada enfermera, cada médico, cada administrativo que elige la honestidad, la compasión, la valentía y la perseverancia, está construyendo un sistema de salud más humano. Y también está construyéndose a sí mismo como persona.

Porque el derecho al trabajo no se agota en el empleo. Se realiza plenamente cuando el trabajo es digno (derechos humanos), vocacional (doctrina cristiana) y ético (carácter). Y ese trabajo pleno es posible -aunque difícil- en la Secretaría de Salud de Guanajuato.

Nosotros somos testigos cotidianos de esa posibilidad. En nuestras manos está convertir cada consulta, cada atención, cada gestión, cada jornada en un acto de dignidad compartida. Nadie dice que sea fácil. Las condiciones son adversas, los recursos escasean, el cansancio acumula. Pero precisamente allí, en la adversidad, es donde el trabajo se vuelve heroico.

Seguramente no tenemos la mejor unidad de salud, no podemos tener un consultorio impecable, ni un salario de lujo. Pero tenemos algo mucho más valioso: la certeza de que nuestro trabajo es nuestra oración, nuestra lucha y nuestro mejor regalo al mundo.

Porque el derecho al trabajo no es una abstracción jurídica. Es el derecho a ser personas que trabajan no solo para vivir, sino para que otros vivan.

Es la maravillosa posibilidad de ser “más humanos que nunca”. Paz y bien.