LIBRES E IGUALES
DR. JOSÉ FÉLIX ROJO CANDELAS
SNTSA 37
16 marzo 2026

“Si hay un mensaje que hace eco más allá de esta conferencia, es que los derechos humanos son derechos de la mujer y los derechos de las mujeres son derechos humanos, de una vez por todas”.
Hillary Rodham Clinton
Zeus estaba enojadísimo: Prometeo se había atrevido a desafiarlo, robando el fuego del Olimpo para entregárselo a los hombres; y claro, a Zeus no le gustaba que lo pusieran en ridículo. Nadie se burla del rey de los dioses y se queda tan tranquilo.
Así que el castigo fue brutal. Prometeo terminó encadenado a una roca en el Cáucaso. Cada día, un águila descendía y le devoraba el hígado con el pico; cada noche, el órgano volvía a crecer para que el tormento comenzara otra vez al amanecer. Un ciclo interminable de dolor, como si Zeus quisiera asegurarse de que la lección no se olvidara jamás.
Pero no le bastó con eso. También los hombres deberían pagar, por lo que les mandó algo que sabía que recibirían con gusto, aunque los llevara a su propia ruina.
Y entonces decidió crear a la mujer. No la hizo solo: convocó a los demás dioses y diosas para que cada uno aportara algo; la hicieron hermosa, encantadora, hábil con las palabras, instruida y graciosa; la adornaron con flores y le dieron un aire irresistible. Pero también le concedieron un espíritu engañoso y un corazón inclinado a la malicia. La llamaron Pandora, “el regalo de todos” o “todos los regalos”, porque cada divinidad había puesto algo en ella (pan significa “todo”; doron, “regalo”).
Por culpa de Pandora fue que se liberaron todas las desgracias que Prometeo había logrado mantener encerradas en una caja: la Fatiga, las Enfermedades, el Dolor, la Vejez, la Tristeza, la Muerte, la Desdicha, la Locura, el Vicio y la Pasión se dispersaron por el mundo, lastimando para siempre a la humanidad…1
En Los trabajos y los días, Hesíodo cuenta este mito como si la mujer no fuera realmente parte de la humanidad, sino un “regalo envenenado” que los dioses entregan a los hombres. Pandora
1 PÉREZ JIMÉNEZ (traductor) HESÍODO. (1978) “Los trabajos y los días”. Editorial Gredos. España.

Carga con la culpa de todos los males que aquejan al ser humano. Y sus hijas -es decir, las mujeres- aparecen retratadas como una amenaza constante: adornadas con belleza engañosa, portadoras del mismo carácter perverso que su madre.
De hecho, en gran parte de la literatura de muchas otras culturas se repite esta idea de la mujer como la enemiga del hombre, su opuesto oscuro, casi su reflejo negativo: En la Biblia, Eva y la serpiente cumplen esa misma función:
Dijo el hombre: «La mujer que me diste por compañera me dio del fruto del árbol y comí».
Dijo pues Dios a la mujer: «¿Por qué lo has hecho?»
Y contestó la mujer: «La serpiente me sedujo y comí».
(…)
Entonces Dios le dijo a la mujer: «Tantas haré tus fatigas; con dolor parirás a tus hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia y él te dominará»2
Muchos cuentos populares en todos los continentes retratan a la mujer como sexualmente desbordada, incapaz de límite, inevitablemente infiel; esta figura de la mujer insaciable parece hablar más del temor masculino que de una realidad femenina. Así, la diferencia biológica fue convertida en sospecha moral, pues si el deseo femenino no tenía un “límite visible”, entonces debía ser peligroso. Al final, estos relatos repiten una idea inquietante: que la mujer, si no es controlada, puede desestabilizar el orden social. Lo que aparece como condena moral revela, en el fondo, inseguridad y miedo.
En las sociedades prehispánicas la cosa no era tan distinta, pues el conjunto de dioses mexicas recreaba “la imagen fiel de la sociedad jerárquica que lo generaba, porque reproducía en aquel la división sexual del trabajo existente en ella, así como la subordinación de la mujer, la negación de la feminidad y su consiguiente desvalorización, la división clasista y las pugnas étnicas”3.
Las leyes antiguas y ciertos textos religiosos presentan el cuerpo femenino como fuente de impureza. Desde la menstruación hasta la viudez, las mujeres aparecen ligadas al peligro moral o ritual. El Código de Manu es un ejemplo extremo: niega a la mujer autonomía legal y la coloca bajo
2 BIBLIA DE JERUSALÉN LATINOAMERICANA (2025) Génesis 3, 10-15. Editorial Buena Prensa. México.
3 RODRÍGUEZ-SHADOW, M. (2000) “La mujer azteca”. Colección Historia, núm. 6, cuarta edición. Universidad Autónoma del Estado de México. México.
tutela permanente; pero lo realmente impactante es descubrir cuánto tiempo estas ideas sobrevivieron, incluso en sociedades modernas. Resulta que la impureza no era biológica, sino cultural.
Una niña, una joven, una mujer de edad avanzada, en ningún caso, ni aun en su propia casa, deben hacer nada por sugerencia exclusiva de su propia voluntad. Nunca debe gobernarse a sí misma la mujer; en su infancia depende de su padre; en su juventud, de su marido; y cuando su marido muere, depende de sus hijos.
La mujer siempre debe mostrarse de buen humor, conducir con habilidad los asuntos de la casa, cuidar con esmero los utensilios del menaje y darle a su marido un grato bienestar con el menor gasto posible.
(…) Aunque la conducta del esposo sea censurable, porque se entregue a otros amores o porque carezca de buenas cualidades, la mujer debe permanecer virtuosa y seguir reverenciando a su marido como si fuera un dios4.
Con ideas como estas, a lo largo de la historia se ha justificado que las mujeres hayan sido sistemáticamente relegadas y oprimidas en materia de derechos humanos: Su situación de desventaja ha sido tan constante, tan repetida generación tras generación, que no es extraño que mucha gente ha llegado a considerarla algo “natural”. Y cuando algo se percibe como natural, se corre el riesgo de aceptarlo sin cuestionarlo.
Por eso es que la lucha por la exigencia de los derechos de las mujeres no es un asunto del pasado ni es una moda ideológica: es un tema vigente, urgente y profundamente humano. Y mientras no exista una resolución plena, seguirá siendo una tarea abierta.
La filósofa Amelia Valcárcel sostiene que el feminismo “viene de la Ilustración Europea, aunque arranca previamente de la filosofía barroca”5, y tiene razón. Sin embargo, si miramos con atención, encontramos raíces todavía más antiguas, quizá no tan estructuradas, pero sí reveladoras. Ya en la Grecia clásica aparecen destellos de inconformidad. Un ejemplo es la obra teatral La Asamblea de las Mujeres, de Aristófanes.
En esta comedia, las mujeres atenienses, cansadas del desastre político, deciden disfrazarse con la ropa de sus maridos y asistir a la Asamblea haciéndose pasar por ellos. Logran votar y entregar

4 SHUA, A. (2012) “Todo sobre las mujeres. Editorial Emecé. Argentina.
5 VALCÁRCEL, A. (2000) “Los desafíos del feminismo ante el siglo XXI” Col. Hypatia, Instituto Andaluz de la Mujer. España.
el gobierno de la ciudad a las mujeres (Y no es que Aristófanes creyera realmente en el poder femenino, pero sí desconfiaba profundamente de los políticos corruptos). En la obra, uno de los personajes justifica el cambio diciendo que entregar el poder a las mujeres era “la única novedad que aún no se había ensayado en Atenas”6. La ironía deja al descubierto algo poderoso: incluso en tono satírico, la idea de que las mujeres gobernaran ya estaba ahí, latente.
Valcárcel también nos invita a mirar la Edad Media, donde la misoginia se ocultaba tras el llamado “amor cortés”: Bajo una aparente idealización femenina, se sostenía la creencia de que las mujeres, por su supuesta natural fragilidad, debían permanecer bajo autoridad masculina. Se discutía su dignidad, sí, pero siempre bajo la idea de que hombres y mujeres eran seres esencial y funcionalmente separados.
Y aquí está el núcleo del feminismo: buscar el respeto y la igualdad reales en el trato y en las relaciones entre hombres y mujeres.
Con la Vindicación de Mary Wollstonecraft, la crítica adquiere una fuerza nueva. Ella denuncia la exclusión de las mujeres de los bienes y derechos que la teoría política de Jean-Jacques Rousseau proclamaba como universales. Lo que resulta paradójico es que se afirmaba que la libertad era un bien que nadie podía enajenar, y al mismo tiempo se justificaba que las mujeres vivieran sujetas y excluidas.
Sofía, dice Rousseau, debe ser una mujer tan perfecta como Emilio es un hombre, y para ello es necesario examinar el carácter que la naturaleza ha dado al sexo. Procede entonces a probar que la mujer debe ser débil y pasiva, puesto que tiene menos fuerza corporal que el hombre, y por tanto infiere que se la formó para complacerle y someterse a él, y que es su deber hacerse agradable a su dueño, siendo éste el gran fin de su existencia.7
Rousseau sostenía que si las mujeres no pertenecían al orden público-político era porque estaban destinadas al ámbito doméstico-privado, así que no podían “pagar el precio” de la ciudadanía. En otras palabras: no se podía ser mujer y ciudadano al mismo tiempo, pues lo uno excluía lo otro. La sujeción femenina era presentada como un destino natural.
6 GARIBAY, A. (traductor) ARISTÓFANES (2018) “La Asamblea de las mujeres”. Editorial Porrúa. México.
7 GONZÁLEZ, M. (traductor) WOLLSTONECRAFT, M. (1792) “Vindicación de los derechos de la mujer”. Confederación Sindical Solidaridad Obrera. España.
Wollstonecraft rompe con ese argumento ancestral y le da la vuelta con una lucidez admirable. Afirma que los rasgos de carácter que se atribuían como defectos femeninos no eran naturales, sino consecuencia directa de su falta de educación, recursos y libertad. No era la naturaleza; era la condición impuesta por la sociedad.
Esas mismas condiciones y contradicciones impuestas a las mujeres eran señaladas ya por Sor Juana Inés de la Cruz en el México del siglo XVII, en su Redondillas, que es un reclamo siempre actual a la desigualdad entre los sexos, aunque muchos sigan haciendo oídos sordos a su sabiduría:
Hombres necios que acusáis a la mujer, sin razón,
sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis;
si con ansia sin igual solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien si las incitáis al mal?8
Por eso resulta inconcebible que a estas alturas mantengamos prejuicios que continúan alejando a las mujeres del pleno disfrute de sus derechos, principalmente el derecho a la educación: Negar o limitar la educación no solo restringe el conocimiento; limita la capacidad de exigir y ejercer todos los demás derechos. Pero al refranero popular eso no le gusta, así que advierte: “Mujer que sabe latín, no encuentra marido ni tiene buen fin”.
En el siglo XIX, la supuesta inferioridad femenina se justificaba desde creencias religiosas: se decía que las mujeres heredaban de Eva una culpa eterna, aunque más tarde apareció otro argumento: la naturaleza era inconsciente, y esa inconsciencia se atribuía también a la mujer, como si la apartara de la racionalidad plena de la especie humana.
En Norteamérica, mujeres y hombres comprometidos con la abolición de la esclavitud comenzaron a advertir paralelismos inquietantes entre la situación de las personas esclavizadas y la de las mujeres, aparentemente libres, pero jurídicamente subordinadas. De ahí brotó el sufragismo, que se concentró en dos objetivos concretos: el derecho al voto y el acceso a la educación. Ambos fueron conquistados poco a poco, con enorme esfuerzo.
8 DE LA CRUZ, S. J. I. (1989). “Obras completas”. Editorial Porrúa. México.
Ya en el siglo XX, durante la Segunda Guerra Mundial, mientras los hombres estaban en el frente, las mujeres demostraron con hechos que podían sostener la economía y participar en la vida política, con lo que la realidad desarmó muchos prejuicios. Sin embargo, tras la guerra, los medios de comunicación promovieron el regreso al ámbito privado, persuadiendo a las mujeres de abandonar voluntariamente los derechos que tanto había costado conquistar.
En 1968, la izquierda contracultural puso nombre al problema: “Patriarcado”. Con esa palabra se señalaba un orden socio-moral y político que perpetuaba la jerarquía masculina, haciendo que los avances parecieran más aparentes que reales. Pero si el patriarcado seguía intacto, entonces había que cuestionarlo de raíz y dar visibilidad auténtica al movimiento feminista.
Esa transformación solo será completa cuando desaparezca el llamado “techo de cristal” que todavía limita el acceso de las mujeres a los niveles más altos de decisión. De ahí la necesidad de medidas que aseguren su presencia y visibilidad en todos los espacios, como las acciones afirmativas y las cuotas de género.
Hablar de respeto genuino a la reivindicación de las mujeres es, en el fondo, hablar de paz, de igualdad, de democracia verdadera… Pero para que eso ocurra se necesita voluntad política, y -lamentablemente- todavía hay quienes no están dispuestos a asumirla. El tema sigue pendiente.
Desde ISAPEG y SNTSA 37 gustosamente asumimos esta tarea impactante, trascendental y poderosa: reconocer que las mujeres -como los hombres- son diversas, complejas, capaces de bien y de mal, sin necesidad de mitificarlas ni degradarlas.
Solo así podremos dejar atrás el peso de siglos de prejuicio y empezar a mirarnos como iguales, con respeto y con responsabilidad compartida.
Eso es ser, todas y todos, más humanos que nunca.
Paz y bien.