JUNTOS POR LA SALUD
DR. JOSÉ FÉLIX ROJO CANDELAS
SNTSA 37
13 abril 2026

“El disfrute del más alto nivel posible de salud es uno de los derechos fundamentales de todo ser humano sin distinción de raza, religión, creencia política, condición económica o social.”
Organización Mundial de la Salud
Cada 7 de abril celebramos el Día Mundial de la Salud, una oportunidad profundamente significativa para detenernos, mirar alrededor y preguntarnos, con honestidad y esperanza, qué tipo de mundo queremos construir. Bajo el lema “Juntos por la salud. Apoyemos la ciencia”, esta conmemoración nos invita a ir más allá del reconocimiento simbólico: nos convoca a asumir un compromiso vivo, cotidiano, con aquello que sostiene y dignifica la vida humana.
Y es que hablar de ciencia, en ocasiones, puede parecer distante. A muchas personas les hace pensar en laboratorios, batas blancas, tubos de ensayo; así como en términos complejos o descubrimientos que parecen ocurrir en una realidad ajena. Pero la verdad es otra: la ciencia está en lo más cercano, en lo más íntimo, en lo más cotidiano. Está en la vacuna que protege a nuestras hijas e hijos, en el diagnóstico oportuno que cambia el rumbo de una enfermedad, en el tratamiento que alivia el dolor, en las políticas públicas que previenen riesgos y promueven mejores condiciones de vida.
Este año, la campaña mundial de la OMS pone en el centro un enfoque particularmente valioso: el de “Una sola salud”. Esta visión nos recuerda algo esencial que, por momentos, olvidamos por las prisas de lo cotidiano: la salud humana no puede entenderse de manera aislada. Está profundamente entrelazada con la salud de los animales, de las plantas y del entorno que habitamos. Somos parte de un sistema vivo, dinámico, interdependiente.
Por eso, cuando un ecosistema se degrada, cuando el aire se contamina o cuando el agua se vuelve escasa o insegura, no estamos hablando de problemas lejanos o abstractos. Estamos hablando de condiciones que impactan directamente en la salud de las personas. Enfermedades emergentes, crisis sanitarias, inseguridad alimentaria… todo ello tiene raíces que, muchas veces, se encuentran en la relación que establecemos con nuestro entorno.
Por eso, pensar en “Una sola salud” es, en realidad, pensar en una sola humanidad. Es comprender que el bienestar no puede fragmentarse, que no hay salud individual sin salud colectiva, y que no hay salud presente sin responsabilidad hacia el futuro.
Sin embargo, hay un elemento fundamental que sostiene todo este sistema: la confianza. Y en tiempos recientes, esa confianza -en la ciencia, en las instituciones de salud, en la información basada en evidencia- se ha visto desafiada. Vivimos en una era donde la información circula a una velocidad vertiginosa, pero no toda esa información es veraz. La desinformación, los rumores y las interpretaciones erróneas pueden generar miedo, confusión y, en algunos casos, decisiones que ponen en riesgo la salud individual y colectiva.

Ante este escenario, apoyar la ciencia se convierte en un acto profundamente ético. No se trata de aceptar sin cuestionar, sino de aprender a cuestionar con criterio. Se trata de desarrollar una ciudadanía informada, crítica y responsable, capaz de distinguir entre la evidencia y la opinión, entre el dato y la especulación.
Apoyar la ciencia implica, también, reconocer su naturaleza dinámica. La ciencia no es un conjunto de verdades absolutas y definitivas; es un proceso en constante construcción. Se corrige, se ajusta, evoluciona. Y precisamente ahí radica su fortaleza: en su capacidad de aprender, de mejorar, de acercarse cada vez más a la comprensión de la realidad.
Para quienes formamos parte del sector Salud, este llamado adquiere una dimensión aún más profunda. No somos únicamente ejecutores de políticas o prestadores de servicios; somos, ante todo, garantes de un derecho humano fundamental. La salud, entendida como un estado de bienestar integral, no puede ser un privilegio. Es una prerrogativa que debe ser protegida, promovida y garantizada para todas las personas, sin excepción.
En este sentido, la ciencia se convierte en una aliada indispensable. Nos brinda herramientas, nos ofrece evidencia, nos orienta en la toma de decisiones. Pero más allá de su dimensión técnica, la ciencia también nos demanda en el plano humano. Nos invita a ejercer nuestra labor con ética, con empatía, con sensibilidad.
Porque la confianza en la salud pública no se construye únicamente desde los grandes discursos o las políticas globales; se construye, sobre todo, en el encuentro cotidiano entre el personal de salud y la ciudadanía. En la forma en que escuchamos, en la manera en que explicamos, en la calidad del trato que ofrecemos. Cada consulta, cada intervención, cada gesto cuenta.
Desde mi experiencia como integrante del SNTSA 37, he tenido el privilegio de convivir con mujeres y hombres que hacen de la salud una vocación de vida. Y si algo he aprendido de ellas y ellos es que esta hermosísima vocación no es ni fría ni deshumanizada; por el contrario, es una de las expresiones más profundas de la solidaridad humana. Detrás de cada avance científico hay años de esfuerzo, pero también hay historias, rostros, nombres. Hay comunidades que esperan, hay familias que confían, hay personas que depositan su esperanza en el conocimiento.

La campaña de este año también nos invita a compartir historias. Y esta invitación no es menor. Las historias tienen un poder transformador: nos conectan, nos humanizan, nos permiten ver en el otro un reflejo de nosotros mismos. Cuando hablamos de ciencia a través de historias, dejamos de percibirla como algo lejano y comenzamos a sentirla como parte de nuestra propia experiencia.
Pensemos, por ejemplo, en una comunidad que logra reducir significativamente una enfermedad gracias a una estrategia de prevención bien implementada. Pensemos en una persona que, gracias a un diagnóstico oportuno, puede acceder a un tratamiento que le devuelve la esperanza. Pensemos en un equipo de salud que, a pesar de las adversidades, se mantiene firme en su compromiso con la vida. Cada una de estas historias es, en esencia, una historia de ciencia… pero también de humanidad.
Y en el ámbito sindical, este llamado cobra un sentido particular. Las personas trabajadoras de la salud no solo enfrentan los desafíos propios de su labor, sino que también son actores clave en la defensa de condiciones dignas de trabajo, en la promoción de derechos y en la construcción de entornos laborales saludables. Apoyar la ciencia, en este contexto, también significa impulsar procesos de capacitación continua, fortalecer la formación basada en evidencia y promover una cultura organizacional que valore el conocimiento.
Pero hay algo más que no podemos perder de vista: la ciencia necesita de la sociedad, tanto como la sociedad necesita de la ciencia. No basta con que existan investigaciones, descubrimientos o innovaciones; es necesario que estos conocimientos lleguen a las personas, que sean comprendidos, apropiados y aplicados. La ciencia, cuando no se comunica, cuando no se traduce en acciones concretas, pierde parte de su potencial transformador.
De ahí la importancia de construir puentes. Puentes entre la investigación y la práctica, entre el conocimiento y la experiencia, entre las instituciones y la ciudadanía. Puentes que permitan que la ciencia deje de ser percibida como algo ajeno y se convierta en una herramienta accesible, útil y cercana.
“Juntos por la salud” es, en este sentido, una invitación a construir comunidad. A reconocer que los grandes desafíos sanitarios -desde las enfermedades emergentes hasta los efectos del cambio climático- no pueden ser enfrentados de manera individual. Requieren de la colaboración, del diálogo, de la suma de esfuerzos. Y esto refleja una verdad fundamental: cuando el conocimiento se comparte, cuando las experiencias se intercambian y cuando las voluntades se articulan, se generan soluciones más sólidas, más integrales, más justas.
Pero más allá de los grandes foros y las cumbres internacionales, esta colaboración también se construye en lo local. En cada unidad de salud, en cada hospital, en cada comunidad. En el trabajo coordinado entre profesionales, en la participación activa de la ciudadanía, en el compromiso de las instituciones.
Apoyar la ciencia, entonces, no es una tarea exclusiva de especialistas. Es una responsabilidad compartida. Está en nuestras decisiones cotidianas: en cómo nos informamos, en cómo cuidamos nuestro cuerpo, en cómo protegemos nuestro entorno, en cómo nos relacionamos con los demás. Está en la forma en que educamos a las nuevas generaciones, en los valores que promovemos, en el ejemplo que damos.
Hoy, más que nunca, necesitamos recuperar una mirada esperanzadora. No ingenua, no acrítica, y sí profundamente humana. Una mirada que reconozca los desafíos, pero que también valore los avances. Que sea capaz de señalar las áreas de oportunidad, pero que no pierda de vista todo lo que se ha logrado gracias a la ciencia.
Porque si algo nos ha demostrado la historia es que, cuando la humanidad apuesta por el conocimiento, cuando decide colaborar en lugar de dividirse, cuando elige construir en lugar de destruir, es capaz de superar hasta los retos más complejos.
Que este Día Mundial de la Salud 2026 sea, entonces, un punto de encuentro. Un momento para reafirmar nuestra confianza en la ciencia, pero también para asumir nuestra responsabilidad como sociedad. Un espacio para recordar que la salud no es un asunto individual, sino un bien común que nos involucra a todas y a todos.

Creer en la ciencia es, en el fondo, creer en la capacidad humana de aprender, de mejorar, de cuidar. Es apostar por la vida en su sentido más amplio. Y cuando esa apuesta se hace de manera colectiva, cuando se construye desde la solidaridad, desde la ética y desde el respeto a los derechos humanos, se convierte en una fuerza tremendamente transformadora.
Porque al final del camino, cuando miramos más allá de los datos, de las cifras y de los protocolos, lo que encontramos es algo profundamente sencillo y, al mismo tiempo, impresionantemente poderoso: el deseo de vivir mejor. Y en ese deseo compartido, la ciencia encuentra su razón de ser.
Porque cuando la ciencia se pone al servicio de la vida, deja de ser solo conocimiento… y se convierte en la forma más hermosa de cuidar lo que somos y lo que podemos llegar a ser.
Así somos más humanos que nunca. Paz y bien.