
EL DERECHO A LA ESPERANZA
DR. JOSÉ FÉLIX ROJO CANDELAS
SNTSA 37
6 julio 2026

“No hay paz sin esperanza, no hay desarrollo sin confianza y no hay futuro sin creer en uno mismo.”
Diálogo de la UNESCO sobre la paz y los derechos humanos.
El girasol, desde sus primeras etapas de vida, orienta su rostro hacia la luz. A lo largo del día sigue el recorrido del sol porque de esa relación depende su crecimiento, su fortaleza y su capacidad de florecer. Pero hay algo aún más significativo: cuando el cielo se nubla y la luz desaparece momentáneamente, los girasoles no se marchitan ni se rinden. En lugar de eso, se orientan entre sí, como si compartieran la luz que no pueden ver, sosteniéndose mutuamente mientras esperan el regreso del sol…
El 4 de marzo de 2025, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó la resolución A/79/L.54, declarando el 12 de julio como el Día Internacional de la Esperanza. La votación fue contundente: 161 países a favor, una sola nación en contra (Estados Unidos de Norteamérica) y cuatro abstenciones. Esta resolución, impulsada por la Misión Permanente de Kiribati ante la ONU, reconoce la relevancia de la esperanza y el bienestar como metas y aspiraciones universales en la vida de los seres humanos en todo el mundo y la importancia de su reconocimiento en los objetivos de las políticas públicas.
La elección del 12 de julio no es casual. Esta fecha coincide con el Día Nacional de Kiribati, la primera nación en ver el amanecer cada día. Aquí hay una metáfora hermosa y poderosa: la esperanza es como el primer rayo de luz que disipa la oscuridad; es como la promesa de un nuevo comienzo que llega sin falta cada mañana. Por eso no es casualidad que un pequeño país en una isla del Pacífico, vulnerable al cambio climático y a las incertidumbres del futuro, haya sido quien liderara esta iniciativa: porque nos recuerda que la esperanza florece con más fuerza precisamente donde las adversidades son mayores.
La resolución se fundamenta en los valores fundamentales de la Carta de las Naciones Unidas y la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que claman por la paz, la dignidad, la tolerancia y el progreso compartido. Y se construye, además, sobre iniciativas previas como el Día Internacional de la Conciencia, establecido en 2019. Por tanto, no se trata de un hecho aislado, sino de un paso más en el reconocimiento de que los valores humanos fundamentales, como amor, conciencia, compasión, cultura de paz y esperanza, son el ancla que nos sostiene en estos tiempos de crisis planetaria.
Y es que vivimos en una época atravesada por múltiples crisis: sociales, emocionales, económicas, ambientales. La incertidumbre se ha vuelto una constante, y con ella, el desgaste, la desconfianza y el cansancio colectivo. En este contexto, no es de extrañar que la desesperanza se arraigue cada vez más en nuestras vidas, pero no aparece de forma abrupta. Se instala poco a poco: en la normalización de la violencia, en la indiferencia ante el dolor ajeno, en la idea de que “nada va a cambiar”, en el silencio frente a lo injusto.
La desesperanza no siempre grita; muchas veces se manifiesta como resignación. Y cuando la resignación se vuelve costumbre, el tejido social comienza a fracturarse. Nos convencemos de que ya no hay nada más que hacer.
Por eso, con frecuencia se piensa que la esperanza es una emoción espontánea, algo que simplemente “se tiene” o “se pierde”, casi casi un don reservado para unos cuantos y, en todo caso, es una bonita, aunque inútil ilusión.
Cuando la esperanza se debilita a nivel social, las consecuencias son profundas y visibles:
– Aumenta la indiferencia frente al sufrimiento,
– Se debilitan los vínculos comunitarios,
– Se normalizan prácticas injustas o violentas,
– Disminuye la participación y el compromiso social,
– Se pierde la confianza en las instituciones y en las personas.

Porque la desesperanza no solo afecta a individuos aislados; erosiona comunidades enteras. Y lo más preocupante es que, cuando se instala, puede llegar a percibirse como algo “normal”. Sin embargo, la esperanza es, ante todo, una postura ética frente a la realidad. No trata de negar las dificultades ni de maquillar el dolor. La esperanza auténtica reconoce el contexto, pero decide no rendirse ante él.
La esperanza es una forma de mirar el mundo que implica:
– Reconocer la dignidad de cada persona, incluso en contextos adversos,
– Apostar por la posibilidad de cambio, aunque no haya garantías inmediatas,
– Actuar desde la responsabilidad, no importa si otros no lo hacen,
– Sostener la convicción de que lo humano puede reconstruirse.
La esperanza, en este sentido, no es pasiva. Es profundamente activa (o mejor, proactiva). El filósofo alemán Ernst Bloch definió la esperanza como “la memoria dirigida hacia el futuro”. Para él, la esperanza se manifiesta en tres dimensiones principales:
– Práctica: La esperanza guía la acción humana y la lucha social, impulsando la búsqueda de justicia, libertad y bienestar.
– Estética: La esperanza se refleja en la cultura, el arte y la literatura, donde los seres humanos proyectan visiones de mundos posibles.
– Antropológica: La esperanza está inscrita en la naturaleza humana como una capacidad inherente de anticipar y desear lo que aún no existe, conectando la realidad con el “no-aún” o “Noch-Nicht”, concepto fundamental en su pensamiento.
Y aunque mucha gente cree que hablar de esperanza en esta época es un acto ingenuo, en realidad es un acto de responsabilidad colectiva, lo que implica reconocer que cada persona tiene un papel en la construcción -o reconstrucción- del entorno social.
Por eso, hoy, necesitamos recuperar la esperanza.
Recuperar la esperanza significa:
– Elegir no ser indiferente,
– Escuchar activamente a quienes sufren,
– Actuar con justicia en los espacios cotidianos,
– Cuidar la forma en que nos relacionamos,
– Construir entornos seguros y respetuosos.

No se trata de presumir de grandes gestos heroicos, sino de tomar decisiones cotidianas que, acumuladas, transforman realidades; porque la esperanza no se sostiene únicamente en discursos; se construye a través de prácticas concretas.
La esperanza se manifiesta cuando:
– Se tiende la mano a alguien que lo necesita,
– Se reconoce el esfuerzo de otros,
– Se generan espacios de diálogo respetuoso,
– Se cuida el lenguaje y la forma en que se nombran las cosas,
– Se actúa con coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.
Cada uno de estos actos, por pequeño que parezca, contribuye a fortalecer el tejido social. Así, la esperanza se vuelve visible en lo cotidiano.
Hablar de esperanza implica hablar de dignidad, de justicia, de igualdad, de respeto. No como ideales abstractos, sino como principios que deben vivirse y garantizarse en la práctica. En este sentido, la esperanza no es solo emocional: es también política, social y ética.
Las personas somos como el girasol: hay momentos en los que la luz parece ausentarse. Situaciones en las que el dolor, la pérdida o la injusticia oscurecen el horizonte. En esos momentos, la esperanza no desaparece, pero cambia de forma; deja de ser una luz externa y se convierte en un acto de acompañamiento mutuo.
Sostener la esperanza colectivamente implica:
– Estar presentes para otros,
– Compartir cargas emocionales,
– Generar redes de apoyo,
– Reconocer que nadie debería atravesar la adversidad en soledad.
Así como los girasoles se orientan entre sí cuando no hay sol, las comunidades pueden sostenerse cuando la esperanza individual se debilita. Entonces, si la esperanza es una práctica y una responsabilidad, también es algo que puede y debe aprenderse y enseñarse.
Educar para la esperanza implica:
– Desarrollar habilidades emocionales,
– Fomentar el pensamiento crítico,
– Promover valores como la empatía, la justicia y la solidaridad,
– Generar espacios de reflexión,
– Fortalecer la capacidad de acción colectiva.
No se trata de formar personas ingenuas, sino de formar personas conscientes, comprometidas y capaces de transformar su entorno. Porque la esperanza no puede seguir siendo opcional en un mundo que enfrenta crisis profundas. Se ha convertido en una urgencia ética. Ya no basta con desear un cambio; es necesario asumir la responsabilidad de construirlo.
Cada acción cuenta. Cada palabra tiene impacto. Cada decisión contribuye a definir el tipo de sociedad que se está creando. La pregunta ya no es si es posible cambiar las cosas, sino qué estamos dispuestos a hacer para que cambien.
El girasol nos deja una lección clara: el crecimiento depende de hacia dónde se orienta la mirada. Y como sociedad, es necesario decidir hacia dónde mirar.
Mirar hacia la dignidad.
Mirar hacia la justicia.
Mirar hacia la empatía.
Mirar hacia la posibilidad.
Y cuando la luz no sea visible, aprender a hacer lo más humano de todo: mirarnos entre nosotros y sostenernos.
Porque en ese gesto -cotidiano, sencillo, profundamente humano- se encuentra el inicio de toda transformación. La esperanza no es un lujo ni una ilusión. Es una responsabilidad compartida. Y hoy, más que nunca, es urgente asumirla.
Así, somos más humanos que nunca. Paz y bien.