
SALUD MENTAL Y PERSONAL DE SALUD
DR. JOSÉ FÉLIX ROJO CANDELAS
SNTSA 37
11 septiembre 2026

«El dolor mental parece menos dramático que el dolor físico, pero es más común y también más difícil de soportar».
C. S. Lewis.
Son las cuatro de la mañana. En el pasillo de un hospital, el zumbido de los monitores y el ritmo del ventilador se entrelazan en una sinfonía que nadie escucha. Una mujer joven, con bata blanca, se recarga contra la pared e intenta cerrar los ojos durante unos minutos. Lleva treinta horas consecutivas de trabajo; acaba de atender un paro cardiorrespiratorio y -sin oportunidad para asimilarlo- debe pasar a la ronda de pacientes. Nadie le pregunta cómo está; nadie nota que sus manos tiemblan ligeramente: no por cansancio, sino por algo más profundo, algo que en esta profesión se ha normalizado: el agotamiento.
Esta no es una imagen ficticia. Es lo que ocurre cada día en el sistema de salud mexicano. Y más allá de estas escenas, hay un hecho aún más desgarrador: quienes fueron formados para salvar vidas están perdiendo la suya.
Según los registros de discusión de la Cámara de Diputados de México, el país cuenta con al menos 47,767 médicos residentes, quienes constituyen la columna vertebral del sistema de salud pública. Estos jóvenes atienden urgencias, realizan procedimientos y enfrentan día tras día el dolor humano. Sin embargo, su proceso de formación transcurre en medio de presiones extremas, acoso y sobrecarga. El 1 de junio de 2025, un residente llamado Luis Abraham Reyes falleció en Monterrey, presuntamente tras haber sufrido acoso laboral. Esa pérdida se convirtió en el origen del nombre de la “Ley Abraham”, una iniciativa de reforma que busca prohibir el acoso y las guardias excesivas en el sistema de salud.
Pero, para ser honestos: un nombre, una ley, no son suficientes.
En una discusión de septiembre de 2025, la Cámara de Diputados reveló que el 30.5% de la población mexicana ha experimentado síntomas depresivos y que el 47.8% muestra preocupación o tensión constante. Estas cifras ya son alarmantes por sí mismas. Pero cuando dirigimos la mirada al colectivo de trabajadores de la salud, la situación se agrava aún más.
Una legisladora de Chihuahua reveló en junio de 2025 que, entre los médicos residentes mexicanos, la prevalencia de ansiedad oscila entre el 29.6% y el 41.1%, la de depresión entre el 19.7% y el 39.6%, y más del 20% de los casos presenta ambos trastornos simultáneamente. Entre los residentes de segundo año, la ansiedad alcanza el 56.5% y la depresión el 22.2%. Pero, ¿qué hay detrás de estas cifras? Llantos a las tres de la madrugada, desesperanza sin interlocutor, la tensión silenciosa entre el “no puedo detenerme” y el “ya no puedo más”.
Una propuesta local de San Luis Potosí confirma lo mismo: los legisladores mexicanos reconocen que el desgaste emocional, la fatiga y el estrés laboral del personal de salud inciden directamente en la calidad del servicio que ofrece, y que esta realidad se hizo más evidente durante la pandemia de COVID-19, cuando enfrentaron jornadas extenuantes, presión constante y una pesada carga emocional.
Este no es un problema exclusivo de México. Un artículo académico proveniente de Perú señala que los altos índices de problemas de salud mental y suicidio en el personal sanitario revelan “fallos sistémicos” que exigen respuestas organizacionales, formativas y culturales, no solo intervenciones aisladas. Los autores de
ese artículo lo dicen con una frase contundente: proteger la salud mental de los trabajadores de la salud “es un imperativo ético, no un lujo”.
El asunto es, ¿por qué ocurre esto? Si reducimos el problema a “trabajar demasiado”, perdemos de vista la verdad más profunda: y es que la raíz está en una cultura normalizada, una cultura que considera el autosacrificio como una virtud y el sufrimiento como un requisito de entrada a la profesión.
Una legisladora de Chihuahua describió este fenómeno: en los hospitales, el maltrato persiste y suele quedar “normalizado” por una cultura jerárquica y violenta. “Los residentes son agredidos por quienes tienen mayor antigüedad, y luego lo transmiten de un nivel a otro”, señaló… “Se ha convertido en una cadena normalizada”.
Esto no se trata de criticar o de repartir culpas, sino de visualizar un sistema que coloca a los jóvenes bajo presión extrema y luego les dice que “ese es el precio de ser médico”. En este sistema, buscar ayuda psicológica está estigmatizado. Por lo tanto, el silencio se confunde con fortaleza y el colapso con debilidad.
Un estudio de la Universidad Nacional Autónoma de México ofrece una posible vía de respuesta. Durante la pandemia de COVID-19, los investigadores desarrollaron y evaluaron un programa remoto de intervención en crisis y manejo del riesgo suicida, dirigido a trabajadores de la salud que atendían a pacientes con COVID en primera línea. Los resultados mostraron que esta intervención remota, basada en evidencia, “fue viable y eficaz”, y redujo significativamente el malestar emocional y el riesgo suicida de los participantes. Este es un hallazgo importante: incluso en países de ingresos medios con recursos limitados, el apoyo sistemático y organizado es posible.

La “Ley Abraham”, de la que hablábamos antes, propone una serie de medidas concretas: limitar la jornada laboral continua a un máximo de 24 horas, garantizar al menos 8 horas de descanso entre turnos, implementar protocolos de atención psicológica y evaluaciones periódicas, y establecer sanciones penales y administrativas contra el acoso. Además, los legisladores impulsan la inclusión de la protección de la salud mental en la Ley General de Salud, asegurando que las instituciones de salud y educativas asuman la responsabilidad de proteger la dignidad, los derechos humanos y la salud mental de quienes están en formación.
Una legisladora de Tamaulipas va más allá y propone ofrecer atención psicológica gratuita y permanente al personal de salud de instituciones públicas y a sus familiares directos, incluyendo evaluación diagnóstica, acompañamiento profesional, grupos de apoyo emocional y programas de prevención del desgaste profesional.
Estas propuestas legislativas son importantes. Demuestran que el problema está siendo visibilizado. Demuestran que hay quienes están dispuestos a llevar el tema de la salud mental desde el ámbito del sufrimiento privado al ámbito de las políticas públicas.
Pero la ley no sustituye el cambio cultural. Un derecho escrito en el papel solo se convierte en derecho real cuando las instituciones lo respetan, cuando los involucrados lo practican y cuando las personas confían en él. En este sentido, no necesitamos solo una ley, sino el valor de redefinir el “profesionalismo”, es decir, el valor de incorporar el autocuidado a la ética profesional.
Ahora viene lo más importante: ¿qué podemos hacer nosotros, como trabajadores de la salud, como miembros del sindicato, como compañeros de camino?
A continuación, algunas recomendaciones concretas y aplicables, que no requieren esperar a los legisladores ni a la aprobación de un director. Comienzan hoy, desde donde está cada una y uno de nosotros.
Primero, construir redes de apoyo entre pares. Los estudios muestran que, cuando los trabajadores de la salud se sienten aislados, su malestar psicológico se agrava. Por el contrario, cuando los colegas forman una comunidad de apoyo mutuo, el aislamiento se rompe y la carga se comparte. No necesitas ser psicólogo para apoyar a tus compañeros. Solo necesitas un “¿cómo estás?” sincero y un oído dispuesto a escuchar. Desde SNTSA 37 podríamos organizar encuentros informales periódicos, no para hablar de trabajo, sino de personas.
Segundo, aprovechar los recursos de intervención remota existentes. Los estudios de la UNAM ya han demostrado que la intervención remota en crisis es viable y eficaz para el personal de salud. Nuestro sindicato puede impulsar la creación o difusión de servicios similares, asegurando que cada agremiado sepa que, cuando necesite ayuda, hay un teléfono al que puede llamar y un profesional al otro lado.
Tercero, revisar lo que significa “ser fuerte”. En la cultura médica, “fuerte” suele definirse como “no mostrar debilidad”. Pero esa definición nos está matando. La verdadera fortaleza no es aguantar solo, sino saber cuándo pedir ayuda. Como miembros del sindicato, podemos transformar conscientemente esta narrativa en las conversaciones cotidianas: cuando un colega dice “ya no puedo”, responder “gracias por decírmelo, buscamos juntos una salida”, en lugar de “a todos nos pasa, aguanta un poco”.
Cuarto, impulsar “auditorías de salud mental” a nivel institucional. Así como la prevención de enfermedades requiere tamizajes tempranos, la salud mental también necesita una atención sistemática. Una legisladora de Chihuahua propone incluir la salud mental como eje transversal en la formación médica; una propuesta de Tamaulipas exige evaluaciones periódicas. Desde ISAPEG y SNTSA 37 se pueden impulsar evaluaciones anónimas en las distintas unidades, y utilizar los resultados para mejorar las condiciones de trabajo, no para evaluar el desempeño.
Quinto, definir “condiciones laborales saludables” como “condiciones laborales mentalmente saludables”. Cuando negociamos condiciones laborales, solemos centrarnos en salario, horarios, guardias, equipo. Pero la salud mental debe ser parte inseparable de la mesa de negociación. Una guardia de 36 horas no es solo “pesada”: es peligrosa. El acoso constante no es solo “cultura”: es violencia. La fuerza del sindicato radica en convertir el dolor individual en demanda colectiva.
Sexto, recordar a Abraham, pero no solo su nombre. Luis Abraham Reyes no debería ser solo el nombre de una ley. Debería ser un recordatorio: detrás de cada cifra estadística hay una persona que vivió, amó y soñó. Cuando impulsamos reformas, no lo hacemos por principios abstractos, sino por vidas concretas, las de esos jóvenes que todavía se recargan contra la pared del pasillo intentando cerrar los ojos.
En definitiva, quienes salvan vidas también necesitan ser salvados. Quienes cuidan a otros también necesitan ser cuidados. Esto no es una proposición que requiera debate. Es una verdad que necesita ser reconocida.
Desde hoy, pregúntale a tu compañera o compañero: ¿estás bien? Escucha a alguien a quien normalmente no tienes tiempo de escuchar. Haz una pequeña cosa para que el rincón donde trabajas sea un poco más cálido.
El cambio empieza con una persona. Empieza contigo.
Así, somos más humanos que nunca.
Paz y bien.
REFERENCIAS:
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Cámara de Diputados. (2025, 27 de octubre). “Inaceptable que médicas y médicos residentes no cuenten con salarios dignos, ni prestaciones legales: Dip. Reginaldo Sandoval”. Comunicación Social, Palacio Legislativo de San Lázaro. En: https://comunicacionsocial.diputados.gob.mx/index.php/grupo-parlamentario/inaceptable-que-m-dicas-y-m-dicos-residentes-no-cuenten-con-salarios-dignos-ni-prestaciones-legales-dip-reginaldo-sandoval
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